19 octubre, 2010

Detrás de una historia de espantos



Historias de espantos se escuchan todo el tiempo: le sucedió al papá de un amigo, lo contó el vecino, pasó en el pueblo del abuelo. Son relatos que entretienen muy bien en la sobremesa o en una noche lluviosa sin luz. Pero cuando dos esposos jóvenes tienen que salir huyendo de su casa recién alquilada en Villa Nueva y prefieren callar por miedo a que los tachen de locos, estos cuentos de fantasmas dejan de parecer tan divertidos y se vuelven menos explicables.

Sucedió a finales del año pasado. Ruth Godoy y su esposo, Luis Grajeda, acababan de alquilar una casa en un moderno residencial de Villa Nueva. Era una vivienda ubicada a pocas cuadras de un conocido centro comercial, con habitaciones amplias y un precio razonable. Ruth, una estilista de 24 años, esperaba hacerse de nueva clientela en el condominio; y Luis, un taxista treintañero, podría estar cerca de su esposa y su bebé de un año que empezaba a caminar.

La emoción, sin embargo, les duró poco. Desde que se mudaron a mediados de octubre comenzaron a ocurrir cosas extrañas que fueron subiendo de tono, hasta que los esposos tuvieron que abandonar la casa antes de que terminara el año.

Todo empezó con ruidos en la madrugada, que parecían provenir del primer nivel, recuerda Ruth. Era como si arrastraran las sillas, cerraran una puerta o acomodaran un sofá. Pero su esposo siempre la convenció de que eran los vecinos de al lado.

El primer susto vino pocos días después. Ruth estaba bordando un cuadro en la sala y Alexandra, su hija, estaba junto a ella. La mamá, que la acompañaba durante el día, estaba en la cocina. “Fue cosa de un instante: vi a la nena y al subir otra vez la vista ya no estaba. Le pregunté a mi mamá si estaba con ella y me dijo que no”, relata. Las dos mujeres empezaron a buscar a la niña y, de pronto, la oyeron gritar en el segundo nivel. “Sentí un escalofrío horrible, ¿cómo había llegado hasta ahí la nena si apenas podía subir una grada? Nos quedamos muy asustadas”.



Luis Grajeda nunca ha creído en historias de espantos, y cuando Ruth le contó que a la niña “la habían cambiado de lugar”, le sugirió dejar de ver tanta tele.

Pero Ruth ya no estaba tranquila. Había algo en esa casa, recuerda, que le hacía sentir miedo. Luis llegaba tarde de trabajar, pero ella siempre lo esperaba despierta, porque ya no conciliaba bien el sueño. Y, al parecer, a su empleada le pasaba lo mismo.

La muchacha de 15 años, que dormía en el sofá de la sala familiar, le contó que una noche le jalaron la sábana. “Yo creí que era usted, pero cuando abrí los ojos vi a una mujer despeinada, vestida de blanco, que bajó las gradas como volando. Quise gritar, pero no me salió la voz”, le narró. Ruth la quiso convencer de que estaba soñando, pero no logró persuadirla para que se quedara.

La pequeña Alexandra dormía en una cama ubicada junto a la de sus padres. Una noche, Ruth sintió que jalaron a su hija hasta botarla. Al encender la luz, la halló gritando debajo de la cama, hasta el fondo. La siguiente vez no hubo caídas: la niña empezó a llorar a medianoche. Tenía tres aruñazos en cada mejilla.

A Luis seguían pareciéndole inventos de su esposa, hasta que su suegra y su cuñada lo hicieron quedarse pensativo. Le contaron que, de golpe, se les había cerrado con llave la puerta de la sala, pese a que no había aire, mientras la bebé dormía adentro. Fueron a pedirle a la vecina un cuchillo para abrir la puerta, y ella les contó que en esa casa “espantaban”. Les relató que una noche calurosa, ella y sus dos hijas adolescentes estaban en el parquecito, frente a la casa de los Grajeda, cuando vieron a una mujer de cabellos desaliñados y vestido blanco pasar frente a la ventana, en el segundo nivel, como volando.

Antes de Navidad, los Grajeda, una familia cristiana evangélica, realizaron un convivio familiar en su casa. Estaban todos en la sala cuando a la madre de Luis le sonó el celular. Era una llamada desde el teléfono de Ruth, pero el aparato estaba en la habitación (donde no había nadie), no tenía saldo ni tarjeta y el teclado estaba bloqueado. Todos se pusieron a orar. Los dos meses y medio que vivió allí, Ruth los pasó deprimida. Cuenta que su estado de ánimo empeoró cuando soñó que una figura monstruosa le decía que “era el dueño de esa casa y que no los dejaría en paz”. Cuando despertó, el televisor se encendió solo.

Poco después sucedió lo último. Ruth se despertó sobresaltada a la 1:00 de la mañana, se sentó sobre su cama y vio salir una sombra del baño. Creyó que era Luis, pero la figura, en vez de acostarse, salió de la habitación sin abrir la puerta, y ella apenas tuvo voz para despertar a su marido. “Estoy cansada de vivir aquí. Tenemos que irnos”, le dijo. Y Luis, que había visto lo intranquila que se mantenía su esposa, accedió. La pareja vive ahora en San Miguel Petapa, en una casa donde no pasa nada extraño.

La casa en la que vivieron los Grajeda está ubicada al final de la calle principal del residencial y continúa vacía. Sus dueños, que nunca vivieron allí, residen en Estados Unidos, y la encargada de rentarla cuenta que en la casa solo han vivido dos familias: una que se mudó al cabo de un mes, sin novedades, y los Grajeda. La casera está considerando realizar allí un servicio religioso antes de que llegue un nuevo inquilino.

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